domingo, 2 de diciembre de 2007

El viaje final

Iniciamos nuestro retorno pensando (a riesgo de sonar como plaza sésamo) en todo lo que hemos aprendido. Es increible que las tribus pre-incas tales como los Quechuas y los Aymaras, eran culturas que no conocían el lado oscuro del ser humano, eran culturas que vivían en armonía y en función del amor bajo los 3 principios andinos que eran: El Munay (amor al prójimo), el Llank`ay (amor al trabajo), y el Yachay (amor a la sabiduría), admirable su convencimiento por siempre querer ser mejor, mientras que en la actualidad nosotros vivimos bajos los preceptos: Aprovecha cualquier papaya que te de tu prójimo, trabaja lo necesario pa que no te echen y nuestra sabiduría se limita a telenovelas, realities y partidos de fútbol. Cuando llegaron los invasores (los conquistadores), dispusieron los principios en forma de mandamientos, creyendo que los nativos eran de su propia calaña. Los mandamientos eran: El Ama Sua (no seas choro), el Ama Quella (no seas flojonazo) y el Ama Llulla (no hables mier...).


Nuestra última parada es el Sillustani, hacia donde la nobleza Inca y Pre-inca hacían su viaje final. Un lugar ubicado en una península de la Laguna Umayo (Cabeza del río), a 34 km de Puno donde momificados en posición fetal, los seres pertenecientes a la cultura Kolla y Tiwanaku eran enterrados con preciosos tesoros que los acompañaban a la otra vida (por lo menos hasta que los españoles lo supieron), ya que ellos no creían en la muerte. Sus tumbas eran enormes torres cónicas llamadas Chulpas, gigantescos mausoleos pétreos cuya entrada siempre miraba al este para recibir la energía del Tata Inti. Antes de ser enterrados, pasaban por lo que sería una especie de sala de velación llamada Intiwatana, una estructura donde llevaban a cabo el último ritual Inka. Por medio de unas chulpas que quedaron a medias (se cree que porque tuvieron que salir como pepaeguama) podemos tener una pista de que manera pudieron ser construidos los inmensos cilindros de esta necrópolis.

Al despedirme de este lugar sagrado observo a una hermosa vicuña con las pestañas de Bambi y a un singular burro peludo, que sin duda desarrolló más pelo por el frío nocturno. Pasando al lado de la Universidad Andina y en medio de la fiesta que hay en Juliaca, me dirijo al Aeropuerto Internacional Inca Manco Capac, donde tomaré un avión a la ciudad blanca de Arequipa, y desde el Aeropuerto Alfredo Rodríguez Ballón, admiraré brevemente al Volcán Misti y al Cañón del Colca, uno de los más grandes del mundo, mientras nuestra persecución al sol nos lleva de regreso a Lima. El cielo se va a apagando y a mi me está entrando la inevitable pero necesaria nostalgia del viaje, tengo material de sobra para montar un blog o a lo mejor un libro, pero ahora me dispongo a disfrutar de las últimas noches que me brinde el Perú hasta retornar a mi sufrida pero hermosa Colombia.

Al llegar al apartamento, descubro que no me acompaña la cámara en la que tengo cuanta foto y video tomé del viaje, se quedó en el taxi. Comienzo a correr y en la búsqueda frenética de otro que me devuelva al aeropuerto y en la carrera casi me hago atropellar de uno. Le ofrezco el doble de la tarifa oficial con tal de que me lleve a lo que su triste carro pueda acelerar. Como si le hubiera ofrecido oro, el señor chofer se convierte en un Juan Pablo Montoya inca y vuela entre un mar de madrazos e improperios. Finalmente y con un poco de nauseas llego al aeropuerto y mi único recuerdo es que el chofer que me trajo era bajito, morenito y gordito, pista de poco ayuda ya que los 2.736 choferes cumplen con esa descripción. Mediante la radio logran confirmar a uno que realizó hace poco un servicio a mi dirección y finalmente, gracias a que el conductor no realizó otra carrera, ni se percató en mirar hacia atrás, encuentro sana y salva mi cámara con los recuerdos del viaje intactos. Le debo una más al barbudo.


Ya en la Ciudad de los Reyes, nos fuimos a comer como tales. El chato me invitó mi última cena en tierra inca en el Tanta. Degustamos deliciosas mini causas limeñas (puré de papá relleno de camarones) con tallarines verdes y papas a la huancaina, y de postre el famoso turrón de Doña Pepa que sólo se produce en el mes morado. Al día siguiente me dispongo a regresar a mi querido terruño, empaco con el cuidado de una abuela todos los recuerdos y souvenires que este octubre dejó en mis manos, y como quien no se quiere ir tomo un taxi al aeropuerto José Chávez de la ciudad de Lima y abordo el avión de Avianca que me devolverá a casa. Ahora, es tiempo de pensar en cómo diablos pagaré mi tarjeta de crédito, pero lo vivido, no me lo quita nadie!
A ti que estás leyendo estas líneas, gracias por acompañarme en este viaje, espero que te haya gustado y a lo mejor, me leas en la próxima aventura.

Un abrazo!

3 comentarios:

alfonso dijo...

hola disfrute compartiendo la lectura de tu hermoso viaje a esa parte del Perú que es tan grande en territorio e historia. Tu gran País Colombia también debe tener sus maravillas aparte de Gabo por cierto, algún dia me gustaria viajar, espero que los hermanos colombianos logren la paz que cesen las guerrillas.

Rick dijo...

alfonso, mil gracias por su comentario, actualmente estoy trabajando en una crónica parecida sobre panamá, espero que también me acompañe en ese viaje.

Unknown dijo...

Hola Ricky, buenísima la materia sobre tu viaje a Perú, mi tierra amada, las fotos que publicaste son lindísimas, nunca las había visto, tu competencia es enorme. Estoy haciendo unas pinturas para hacer una exposición sobre "CULTURA INCA Y PRE-INCA", entre mis pinturas están "MACHU PICCHU" Y "EL HASCARÁN", espero algún día puedas verlo en el facebook. Sigue siempre así con tu genialidad y competencia. Muchos éxitos.